A lo largo del transcurso de nuestra vida comprobamos que todo cuánto podemos teorizar respecto a situciones o circunstancias es superfluo al momento de vivir nosotros mismos tales situaciones. En esos momentos, nuestras supuestas convicciones y/o certezas se sacuden, se desmoronan, desaparecen o se vuelven sólidas.
Los momentos de mayor sacudimiento son aquéllos a los que no podemos darle explicaciones, aquéllos de los cules no existen certezas, aquéllos que sólo nos dejan perpetuos por qué en nuestras mentes.
Por otro lado, es más sencillo aceptar con la mente, desde el plano intelectual, racional, que aceptarlo desde nuestro lado emocional. Ese, se resiste con mucha fuerza...
Claro está que todo esto es sólo a rasgos generales, puesto que cada situación ha de ser procesada de maneras diferentes por cada individuo, con las particularidades de cada caso.
Las pérdidas físicas de quienes amamos es lo más duro y difícil de asimilar. Pero incluso este extremo ha de ser asimilado de manera diferente según se esté ante un proceso largo de una irreversible enfermedad, ante lo cual uno quizás hasta sienta alivio respecto a nuestro ser querido porque sentimos que su sufrimiento llegó a su fin, llegó su liberación, o cuando estamos frente a una persona muy avanzada en años, lo cual si bien no deja de golpear, nuestra mente se prepara para la aplicación de la ley natural, o si la vida nos pone en presencia del durísimo golpe de que de un momento a otro, una persona que veíamos bien, que estaba bien y saludable, de repente ya no está.
Este último caso es el más doloroso, sufrible y duro de aceptar y asimilar. Y uno no entiende por qué, y no es posible aceptar con el corazón, y cuesta "dejar ir", y duele tener que ir hacia los recuerdos y aceptar que sólo eso es lo que nos queda. La incredulidad se apodera de uno al principio, uno llega a creer que sólo es un sueño, que ese alguien que nos dió la noticia nos está mintiendo o que todo es sólo una confusión. Esta sensación perdura bastante. Luego, cuando ya lo "creímos" lo que cuesta durante mucho más tiempo es aceptarlo... y la incredulidad vuelve a abrazarnos por instantes, en distintos momentos...
Si la pérdida es de aquél ser que más adoramos en nuestra vida, de aquella persona que nos dió un sol de amanecer a nuestras vidas, un sol brillante, y la tiñó de colores, el dolor que queda es inmenso, tan inmenso que no cabe en nosotros. Sentimos que el corazón se desgarra en pedazos al momento de enterarnos de la terrible noticia, sentimos que nuestro corazón se volatiliza en esos trozos desgarrados y que en ese lugar sólo queda un hueco inmenso, vacío y dolor...
La vida se nos vuelve oscura, muy oscura, y nos sentimos en medio de un océano extenso, a la deriva, sólos y desamparados. De a poco volvemos a las actividades que debemos cumplir a diario, pero sólo sintiéndonos un ente, un zombie, un ser sin emociones ya. Ese dolor, ese sufrimiento nos deja un anesteciamineto constante, lo único que se es capaz de sentir es ese dolor y ese amor que sentíamos cundo le teníamos junto a nosotros, el cual se mantiene inmutable.
Pero como ya he dicho, el proceso es distinto de un individuo a otro, de una psiquis a otra, de un amor a otro, sentido desde un tipo de vínculo y de otro.
Meine Sonne... cada día sigue siendo muy difícil, y es duro reconfigurar los días de mi vida sin tí... Deine schöne.
Paola Rodríguez Sequeira.
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